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martes, 5 de julio de 2011

todo está roto, pero (creo que) puedo enmendarlo.

Esto lo escribo con la mente en un día de enero del presente. Digamos que, de alguna manera, lo que sentí ese día estoy recordándolo mientras escucho el maestro tributo a Pablo de Rokha por Ocho Bolas.
No recuerdo el día exacto, pero sí a la perfección lo que pasaba por mi cabeza al momento de tomar tal decisión.

Estoy en mi pieza en Concepción, he esperado este momento por mucho tiempo. Mis papás llegaron hace poco desde Rancagua, vienen a buscarme porque, ¡al fin!, salí de vacaciones. Hay que dejar la pensión y llevarse todo. Estoy nerviosa.
Saludo a mi papá, lo abrazo y beso. Luego a mi hermana. Luego a mi mamá. Lloro. Lloro con la misma desesperación con la que había derramado lágrimas la noche anterior. Y la anterior a esa. Y así hacia atrás.
Estoy nerviosa. Tengo miedo.
Entramos. Subimos. Hay algo que quiero decir y tengo miedo. Mi mamá ya lo sabe, lo sabe hace tiempo. No sé qué pensará mi papá; me aterra pensar en su reacción.
Estoy en el dormitorio y mi papá entra para darme las buenas noches; es tarde y hay que descansar. Mañana partimos temprano a Valdivia por unos días.
Se sienta en la cama, me mira y pregunta, para mi sorpresa, aquello que tanto me quita el sueño.

—Tracy, ¿sigues en la carrera?— Me pregunta algo triste.
—No, papá. No puedo seguir
—¿Por qué?
—No es lo mío, papá. Por años creí que era lo que quería estudiar y, una vez inmersa en ese mundo, me di cuenta que no es para mí.
—Entiendo.
—No es lo que quiero para mi vida. Estar acá sola, lejos de casa, conocer gente, tener actividades fuera de la U me hicieron ver que son otras las cosas que realmente me llenan. No puedo seguir.
—¿Y qué piensas hacer?
—Volver a casa, prepararme de nuevo.
—¿Y dónde quieres estudiar?
—En Santiago.
—Bueno. Averigua los trámites que tienes que hacer para retirarte y te vuelves a Rancagua. Allá conversamos el resto.
—Gracias, papá.

Eso fue todo. El monstruo que había creado en mi mente solo habitaba ahí.
Sigo nerviosa, me cuesta creer que la conversación fue mucho más fácil y tranquila de lo que pensaba. No concibo el hecho de que mi papá lo haya tomado tan bien. No sé.


Si hay algo que aprendí en el 2010, año en el que estuve lejos de casa, viví sola y experimenté esa cosa tan rica que llaman vida universitaria, es que nada va a llegar si lo esperas sentada y de brazos cruzados. Hay que salir a buscar, hay que levantar la voz y, por sobretodo, hay que atreverse.
En mi mente sigue la frase que un día me dijeron «La U cambia a las personas, ten cuidado» y hoy, a más de un año de haber comenzado la experiencia y casi a seis meses de haberla concluido, puedo asegurar que tal tesis queda, en mi caso, totalmente refutada.
Crecí, vaya que sí. Aprendí muchas cosas, la más importante es valorar a la gente que tengo a mi lado. Conocí a personas maravillosas, lugares increíbles, historias de vida muy similares y diferentes a la mía; encontré gente con la que compartí y disentí ideas y formas de vida.
Me caí varias veces y, pese a que dolió en demasía, me levanté sola.
Aprendí, insisto, un sinfín de cosas; desde cómo hacer un bistec hasta cómo administrar la plata para el mes (aunque me hubiese gustado alargarme unos centímetros, también).
Crecí y, sin embargo, no cambié. Mantengo la idea de hacer lo que realmente me gusta, de ir por aquello con lo que, creo, puedo hacer buenas cosas.
Sigo creyendo en mí, y eso, no me lo quita nadie.

sábado, 15 de agosto de 2009

La primera palabra, el primer paso que diste. La primera sonrisa y el primer llanto; el primer secreto, el primer regalo. El primer enojo, el primer castigo y la primera pelea. El primer día de clases, el primer amor y el primer beso; la primera alegría y la primera pena. Los primeros conocidos, los primeros amigos y (quizá) los primeros hermanos.
El primer viaje; la primera decisión que tomaste y la primera que tomaron por ti; la primera vez que obligaste a alguien a hacer algo y la primera en que a ti te obligaron. El primer perdón y el primer -me equivoqué, lo siento-.
La primera pérdida, el nacimiento de otro ser; tus primeras notas, la primera canción que te aprendiste, el primer libro que leíste y el primer dibujo que hiciste; la primera vez que miraste a alguien a los ojos; tu comida favorita, lo que querías ser cuando decías -cuando grande...-; el primer golpe que diste y el primero que recibiste. El día en que perdiste tu virginidad, ¿recuerdas?. El primer triunfo y la primera derrota, la primera vergüenza que pasaste. La primera fiesta a la que fuiste y la primera que diste.
El primer recuerdo que tienes y la última vez que pensaste en todo esto...

lunes, 1 de junio de 2009

lunes, 25 de agosto de 2008

¡Cállate!

Es necesario decir siempre algo?
¡Cállate, no quiero oírte!
Acaso no pueden quedarse callados?
¡Cállense, estoy harta de ustedes!
Tan díficil es conseguir el silencio?
¡Cállate, no te soporto!
No te das cuenta de que las palabras no lo son todo?
¡Cállate, tus palabras me hieren!

Podrías tratar de no mentirme?
¡Cállate, ya no te creo!
Claro, para tí es muy fácil decirlo...
¡Cállate, eres una mierda!
...¿Pero sentirlo?
¡Cállate, no me quieres!
Y lo que me dijiste ayer?...
¡Cállate, eres un inconsecuente!
Qué? Acaso ya no lo sientes?
¡Cállate, me haces daño!

Qué quieres que te diga?
¡Cállate, para por favor!
Lo siento! No puedo complacerte.
¡Palabras, palabras y más palabras!

¡Me tienes harta!
¡Ándate!
¡Púdrete!

¡Cállate!

viernes, 15 de agosto de 2008

Nunca me ha gustado la lluvia. Lo sé porque cada vez que cae agua desde el cielo cambia rotundamente mi estado de ánimo.
Lluvia de mierda, te odio. Me das ganas de fumar cuando no puedo y de beber cuando no tengo.
Lluvia de mierda, tranquilizas.

lunes, 7 de julio de 2008

Já!

El día de mierda se repite: Los mismos problemas, las mismas caras... Todo igual. Tu vida se ha vuelto completamente monótona y no te das cuenta porque, eres tan común, que ignoras lo mal que anda la tuya...
¡Eres como todos!... Piensas igual que todos y nadie a la vez... Consideras que el país no es el mismo de hace unas décadas y opinas sin saber lo que ocurrió durante ese período, pues solo te basas en unos cuantos libros escritos por gente que mezcló la historia con su postura dentro de ésta.

Te levantas, te bañas (¡Admítelo!, no lo haces siempre, depende del clima), tomas desayuno y comienza el camino hacia el fin... Trabajas, estudias, piensas... ¿Piensas? Eeh, no.. No tienes tiempo, estás muy ocupado firmando papeles o estudiando la teoría del big-bang, o quizás qué otra mierda inservible. Terminas... ¡Descanso!... ¿Descanso? Eeh, no.. ¡No hay tiempo! Debes seguir firmando papeles, cobrar tu sueldo y comprar estupideces que te garantizan una felicidad momentánea...
...Compras, compras... Compras y quedas endeudado hasta las patas!: Notebook, plasma, celular de última generación con reproductor de mpinfinito... Lo más estúpido es que... ¡No sabes usarlos! Pero, ¿Qué importa?... Lo que importa es ser el centro del universo por tener artefactos de última generación, aunque dos semanas después te asalten y... ¡Cagaste!.

Deja de lado la monotonía... ¡Deja de lado ser igual al resto!... Piensa (sí, sé que es difícil, pero ¡date un tiempo!) en las "cosas simples de la vida" (Daah !, ¡qué frase más cursi!) Pero es la única forma que tienes para salir de la mediocridad en la que estás atrapado.
Simplemente hazlo... ¡Para cuidar el nombre de tu familia!